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1917 - 2001


Aldea Santa María ha sido privilegiada por haber tenido un sacerdote permanente... y de la talla de Monseñor Alfonso Kaúl, sintiéndose favorita y elegida por este regalo divino. Esta población de la que tantos hablan, tuvo en este ministro al sostenedor de su fe, al paladín de María, al propulsor de su tradición y a la mayoría de sus adelantos y progresos. Su figura ha irradiado santidad e inspirado respeto, casi patriarcal. Tal vez sin equivocarnos, podemos decir que el que la Aldea sea lo que aún es, se lo debemos en gran parte a este sacerdote, timonel encumbrado que supo conducir hacia el puerto de la virtud y del progreso al rebaño de sus amores.

Quién no lo recuerda, si con exquisita paciencia y desinteresada caridad, se lo veía siempre ocupado en el cumplimiento de sus tareas apostólicas. Siempre silencioso, iluminando solo un semblante, con una amplia y sincera sonrisa que reflejaba la bondad de su corazón sin fronteras.

Su acendrada piedad, que alimentaba con un amor grande y ardiente a Jesús Sacramentado y a la Ssma. Virgen María, era un eficaz estímulo para los que lo veían en fervorosa oración, tanto en la Iglesia de su querida Aldea Santa María, como en el Jardín o el patio de su casa, con el rosario en mano, desgranando Ave Marías, porque cumplía con lo que aconsejaba: "Recen el Rosario. Cada Ave María, representa una rosa, y cuando terminan de rezarlo, tendrán un hermoso ramo de rosas, llamado Rosario para ofrecer al Señor".

Unía así, la penitencia a la oración, seguro de que la promesa evangélica se cumpliría: "Golpead y se os abrirá, pedid y recibiréis".

Fue un consagrado y eximio sacerdote, ejemplar y virtuoso siervo de Dios.

Nunca demostró cansancio, a pesar de sus limitaciones y su carácter apacible, hacía más fácil el acercamiento, de quienes recurrían a él, en busca de un consejo o simplemente una palabra de aliento. Su desaparición fue rápida, porque su salud se iba apagando poco a poco, pero sobreponiendo su espíritu y uniendo sus sufrimientos a los de Cristo Crucificado, se lo escuchó decir y aún en su lecho de enfermo: "Con San Pablo, puedo decir: "Concluí mi carrera, combatí hasta el final, la gran batalla", y así se fue apagando su vida terrena, como terminan los astros envueltos en su propia luz, dejando solo la estela luminosa de su observancia, de su amor inmenso, amor, que lo hizo heroico, hasta su último suspiro.

En la vida de las almas escogidas, es más lo que se ignora, que lo que se conoce y sólo Dios, es el justo apreciador de sus virtudes, que se cubren en la tierra, con el velo de la humildad, porque así fue, humilde cual violeta entre sus hojas, dejando sentir sólo el perfume de sus obras, sin hacer ostentación de sus esfuerzos. El recordarlo, no debe ser motivo de tristeza, sino de esperanza, por no tratarse de una partida definitiva ya que vive en la memoria de toda una comunidad, para quienes no sólo fue el sacerdote, sino un padre, un consejero, un amigo, que lo recuerdan con admiración y respeto y le dicen: "Desde lo alto, seguramente escucharás el repique de la campana de tu Iglesia, que llama a la oración. No faltaremos a la cita, porque tus enseñanzas y tu ejemplo, no lo olvidaremos. Monseñor: desde tal morada celestial, vuelve tu caritativa mirada y alcánzanos del Altísimo, aquella tu obediencia ciega, pronta y alegre y aquella caridad, que tanta gloria, te dará en el cielo. Descansa en paz. Que así sea".

Como no podía ser de otra forma, el padre Alfonso murió un 4 de Junio, día en que se conmemora la fundación de Aldea Santa María.

En el año 2005, Adrián Lorea escribió una reseña biográfica sobre Monseñor Alfonso Kaul. Si desea conocerla, envíeos un e-mail a info@aldeasantamaria.com.ar y le enviaremos una copia digital de la misma