(Fuente consultada: Un Siglo de Vivencias , de Pedro A. Sack)
En el año 1763 Alemania padecía los estragos causados por dos grandes guerras, y la miseria originada por la ambición de las Casas reinantes. Por ese entonces, Catalina II, emperatriz de Rusia, captó la atención del pueblo germano al publicar un Manifiesto, mediante el cual ofrecía una serie de privilegios para los inmigrantes. Algunas de las prerrogativas publicadas en el Edicto destacaban que los colonos podrían conservar su idioma original, ejercerían su propia profesión, tendrían libertad para celebrar su religión, y estarían dispensados de prestar servicio militar obligatorio.
Treinta mil alemanes, provenientes de las comarcas del Hessen, Renania y Palatinado, se dirigieron a Rusia con la esperanza de encontrar nuevos horizontes de progreso y estabilidad en sus tierras. Pero al llegar se vieron excluidos de las ciudades; debían poblar las cercanías del río Volga, que por entonces estaban infestadas de tribus bárbaras.
A pesar de que en su mayoría no eran agricultores, recibieron la orden de trabajar la tierra. Fueron tiempos difíciles; durante más de un siglo la lucha fue dura y constante.
No obstante los conflictos que debió afrontar, la colonización alemana prosperó. Las aldeas crecieron, y su población se incrementó ostensiblemente.
Al observar que se estaba gestando una nación dentro de sus propias fronteras, el gobierno ruso temió por su soberanía, y comenzó a implementar medidas restrictivas, tales como no adjudicar a los colonos nuevas tierras para el cultivo, obligarlos a cumplir el servicio militar (cuya duración oscilaba entre cinco y siete años), y divulgar ideales nacionalistas incompatibles con la realidad del pueblo foráneo.
Debido a esto, los alemanes del Volga recibieron favorablemente las noticias que llegaban de América, cuyos gobiernos se interesaban en recibir auténticos labradores para sus tierras. Muchos de ellos se dirigieron al puerto de Bremen, situado en la patria de sus antepasados, para emprender desde allí el viaje hacia el Nuevo Mundo. Cuando llegaron al puerto de Buenos Aires, un contingente fue derivado a la provincia de Entre Ríos, el cual se estableció en Diamante en el año 1878. Las primeras colonias fueron: Valle María, Protestante, Spatzenkutter, Brasilera, San Francisco y Salto.
Algunos años más tarde, la necesidad de poblar nuevas zonas hizo que un grupo de personas recién llegado de la provincia de Samara, del Bajo Volga, y algunas familias ya establecidas en las cercanías de Diamante se desplazaran al Distrito Tala, cerca de la localidad de Cerrito, para fundar una nueva colonia. De esa manera, el 4 de junio de 1887 nació la Aldea Santa María.